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La Peste

Muestra virtual del Museo de la Ciudad Wladimir Mikielievich basada en un exhibición anterior con curaduría de Agustina Prieto.

 

La historia ha sido modelada, en parte, por las epidemias que asolaron a la humanidad a lo largo de los siglos. Las grandes pandemias modificaron estructuras demográficas, afectaron el curso de algunas guerras, derribaron gobiernos, plantearon interrogantes religiosos e impusieron desafíos científicos.

La ciudad de Rosario fue un mojón destacado en el derrotero mórbido de epidemias que afectaron ciertas regiones del mundo durante el último siglo y medio. El cólera y la peste bubónica descubrieron problemas. Situaciones opacadas por el optimismo forjado al calor de la gran expansión urbana en el ocaso del siglo XIX y los albores del XX. La poliomielitis dejó, además, huellas físicas indelebles.

Estos sucesos revelaron acciones solidarias y desnudaron conductas oportunistas. Desataron conflictos políticos y pujas científicas. Fundaron instituciones públicas y privadas y delinearon trayectorias profesionales. Sellaron notorias improntas en la trama urbana.

Estos hechos tuvieron un gran impacto social y urbano. La manera en que los ciudadanos actuaron a favor de condiciones de vida más dignas para todos los habitantes. Evidencia de que la ciudad puede transformarse para el cuidado de todos preservando su identidad.

Rosario colérico

Durante la segunda mitad del siglo XIX la Villa del Rosario se transformó en una pujante ciudad portuaria. La vertiginosa expansión demográfica definió un crítico panorama sanitario. Sus signos más notorios fueron el aumento del índice de mortalidad de la población y la vulnerabilidad ante las epidemias.

En 1867, un brote de cólera desvaneció las expectativas de progreso económico creadas por la Guerra del Paraguay. Se contabilizaron 420 muertes provocadas por la peste. Fueron atribuidas a los gérmenes patógenos difundidos por efecto de la guerra, a las precarias condiciones materiales de la joven ciudad y al desaseo de la gente pobre.

Veinte años más tarde -otra vez el cólera- acababa con la vida de 1.166 personas. Las cuarentenas y un cordón sanitario afectaban seriamente la actividad económica. Esta vez las causas apuntaron a deficiencias de infraestructura sanitaria y a la "mala calidad de la inmigración".

Entre 1894 y 1895 una tercera incursión del cólera puso en marcha un enérgico plan de acción que redujo sensiblemente los casos mortales. Fortaleció la idea que si se aplicaba a tiempo una estrategia adecuada, el cólera podía ser controlado. La mayor incidencia de la peste entre los habitantes de los barrios obreros generó preocupación por las críticas condiciones sanitarias de los trabajadores.

Pestilentes pantanos

En 1867, la peste movilizó a la embrionaria sociedad civil rosarina: un nutrido grupo de vecinos elevó un petitorio exigiendo el cegamiento de los pestilentes pantanos de la laguna de Sánchez, actual plaza Santa Rosa.

Este pedido se sustentaba en la teoría de los miasmas. Hacía referencia a las influencias infecciosas de los terrenos bajos cenagosos. Se le atribuían enfermedades de extensa área de difusión, pero de contagio dudoso.

Las ideas higienistas

Los facultativos que actuaron durante la primera epidemia de cólera cimentaron el proceso de profesionalización de la medicina. El desempeño personal de los doctores Hertz y Hutchinson estableció una distancia irrevocable entre la figura del médico y la del curandero.

A partir de la segunda epidemia y al amparo de las ideas higienistas, se aplicaron políticas sanitarias públicas que enfrentaron el problema en forma centralizada. Los higienistas postulaban la necesidad de saneamiento del ambiente y el control sanitario de la población.

Con la segunda epidemia de cólera llega el médico Isidro Quiroga. Su designación al frente de una de las secciones sanitarias municipales constituye el primer peldaño de una carrera profesional y política que lo llevará a la intendencia municipal en 1909.

Durante la intendencia de Luis Lamas, el Ing. Héctor Thedy —a partir del auge de las teorías higienistas y de la necesidad de contar con un nuevo ámbito de recreación y socialización para una urbe en acelerado crecimiento— proyectó el Parque de la Independencia. Se inauguró el 1ro. de enero de 1902.

Pánico en los albores del siglo XX

Durante los últimos meses del año 1899 los médicos rosarinos debatieron silenciosamente en torno a los interrogantes planteados por una serie de muertes. El quince de enero de 1900 fallece un jornalero ocupado en una de las grandes barracas de los barrios obreros. En los días que siguen mueren diecisiete más.

La situación adquiere estado público. Un decreto del Poder Ejecutivo Nacional declara la existencia de un brote de peste bubónica en Rosario, quedando la ciudad aislada del resto de la República.

El aislamiento y la espectacular campaña antiepidémica montada por el Departamento Nacional de Higiene tuvieron un fuerte impacto sobre la vida de los rosarinos.

La ciudad quedó paralizada. La sociedad, movilizada. En esta ocasión, la sociedad se unió para expresar el rechazo a la campaña y a la idea misma de la existencia de la peste. Exigieron el levantamiento del odioso cordón, por los perjuicios económicos que causaba y porque temían que la desocupación provocara conflictos sociales.

La peste y el trabajo

Las víctimas de la Barraca Germania revelaron que la infraestructura sanitaria no bastaba para que la ciudad fuese inmune a la peste. Los muertos eran trabajadores. El factor de contagio, el trabajo.

El monumental Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República, escrito por Juan Bialet Massé en 1904, destacará que el trabajo excesivo y en ámbitos insalubres predisponía físicamente al contagio.

En los años que siguieron, la carrera ascendente de la tuberculosis -la peste blanca- fortalecerá esta convicción.

La ciudad mutante

Las epidemias transformaron irreversiblemente la fisonomía urbana.

El cólera evidencia la necesidad de mejorar la calidad de vida. Impulsa una serie de obras como la red de agua corriente, el empedrado de las calles, el cegamiento de pantanos, el mejoramiento de la vivienda popular y la creación de parques públicos.

Con la peste bubónica, son las condiciones de salud e higiene laborales las que reclamaron progresos. Obras que modificasen la desgarradora situación de insalubridad sufrida diariamente por obreros y operarios.

Desde los tiempos del cólera, la administración municipal trató de monopolizar las acciones de prevención y control epidémicos. Acorde con las ideas higienistas emprende a finales de 1880, la especialización de su aparato institucional. Se crean organismos como la Oficina de Higiene y la Asistencia Pública.

En la creación de los lugares destinados a la atención de los infectados confluyen las iniciativas oficiales y la filantropía particular. Durante esta época se fundan el Hospital de Caridad hoy Hospital Provincial, el Hospital Italiano y el Hospital Español, entre otros.

Niños en peligro

Iniciado el siglo XX, se encontraba instalado en la sociedad el virus de la poliomielitis. Los distintos brotes epidémicos dejaban gran cantidad de afectados. Pero fue en el verano de 1932/33 cuando el número de enfermos se disparó y encendió las alarmas. Pronto se convirtió en un gran problema social por las secuelas que dejaba en quien la padecía y mayoritariamente por la franja etaria más vulnerable: los niños.

La ciudad vuelve a conmoverse cuando este mal reaparece iniciada la década del ’50. Las familias que podían hacerlo se iban de la ciudad, desplazando a sus niños fuera de la zona de riesgo en un intento por protegerlos.

Mientras los médicos intentaban identificar el modo de propagación del virus. Una de las tantas medidas de prevención efímera que circulaba por la época era la bolsita con alcanfor al pecho de los pequeños.

Recién en 1953, Jonas Salk, produjo la primera vacuna —con virus muertos— capaz de conferir inmunidad. Se inició la aplicación masiva de la vacuna inyectable. Niños y adultos hacían prolongadas filas en distintas entidades destinadas al suministro de las mismas.

Albert Sabin comenzó a preparar una vacuna con virus vivos atenuados, para suministrarla vía oral. En 1961 y 1962 se hicieron los primeros ensayos. En poco tiempo esta nueva forma de prevención recorrió el mundo entero. Los gobiernos pudieron formular campañas de vacunación sistemáticas, erradicando una de las enfermedades que más conmocionó a la comunidad médica y al conjunto de la sociedad.

Entidades creadas

Con el aumento de casos de poliomielitis, se crean las primeras entidades destinadas a rehabilitar la población afectada. Surgen la Asociación Rosarina de Lucha contra la Parálisis Infantil (A.R.L.P.I.) en 1946, y la Liga Popular Rosarina contra la Parálisis Infantil en la década de 1950.

En 1956 se establece el Instituto Antipoliomielítico Municipal, para atender a niños y adolescentes con secuelas. Brindaba a los pacientes una atención integral.

Un año después se crea el Instituto de Lucha Antipoliomielítica y de Rehabilitación del Lisiado (I.L.A.R.).  Destinado a la profilaxis, investigación y rehabilitación de los pacientes, continúa su labor en nuestros días con la atención al discapacitado neuromotriz.

La Cruz Roja en Rosario

Fundada en Suiza en 1863, llega a Argentina en 1880 de la mano del médico higienista Guillermo Rawson. El cometido fundamental es brindar asistencia a las víctimas de guerra, ampliando su participación en catástrofes y epidemias.

En 1893 se funda el subcomité Rosario. Durante las epidemias de cólera, peste bubónica y poliomielitis aporta material médico y asistencia a los enfermos, afectados en sus funciones respiratorias.

Pulmón de acero

La polio en 1956 afectó a casi 6500 personas, afectando mayormente a la niñez menor a cinco años. Se propagaba en pocas horas por el cuerpo generando parálisis irreversible mayormente en miembros inferiores. Para un porcentaje menor la afección era generalizada, impidiendo poder respirar. Es en este contexto que la tecnología del momento responde con el pulmotor,  indispensable para quienes sufrieron daños en el aparato respiratorio. El sistema ayudaba respirar al paciente por presión negativa.

Las secuelas de la polio descubrieron al espacio urbano como un territorio limitante. Se evidencia aún hoy —ya casi erradicada— la necesidad de diseñarlo y transformarlo. Atender el derecho de todos sus habitantes a vivir una ciudad sin barreras. Transformar, construir territorios, ciudades, inclusivas y accesibles, sanas ambientalmente, es la mejor forma de prepararnos para el mañana.

Como se hizo en las pandemias históricas, en las actuales y las futuras.

 

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